Un recuerdo de Amnecia
Cierta noche de copas sentada frente al sillón de cebra y con las luces neón rebotando en mi cara y haciéndome ver como un personaje de fábula, miraba a mí alrededor para comprobar que no era yo la única tonta que se gastaba una noche entre licor y superficialidades varias. De pronto, allí estaban, un hombre robusto, de piel blanca, ojos y pelo negros y una barba discreta y laboriosamente trabajada, tendría unos 35 años. A su lado, ella, delgada, con el rostro más infantil que nunca, pechos pequeños y una expresión de despreocupación normal en una niña-mujer de 14 años. Sabía que los encontraría allí pero verlos fue más duro de lo que imaginaba. A mi parecer se veían como un hombre con su mascota que fielmente restregaba su cabecita contra el hombro de su amo para recibir algo de cariño.
Se vinieron a mi cabeza los retazos de periódico con fotos de mujeres maltratadas y tristes por ser víctimas de la violencia de género. Aunque aquella que estaba mirando no tenía moretones ni impactantes rastros de agresión, tenía más dolor en su mirada que cualquiera de ellas. Era un dolor más intenso porque por más que husmeé a esos ojos les faltaba orgullo y les sobraba indiferencia.
Seguro algunos besos pesados, la renuncia de su evolución natural, muchas lágrimas e irrespetos contra su dignidad femenina compensaban los días de hambre y la ausencia de casi todo lo que anhelaba. Seguro el hecho de que su propia madre la entregara a ese hombre para evadir la pobreza extrema en que nació no le disgustaba del todo.
Pero yo… yo sigo revolcándome de rabia y rastrillando los dientes de impotencia ante esa realidad de la que ahora se habla tanto en novelas, libros y artículos. Una realidad en la que se compran cuerpos bellos y mujeres de colección con sueños de plastilina.

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